Abrir los ojos en el jardín — Un perfil de Miguel Quintero

Buena parte de los árboles que se yerguen en las calles bogotanas le deben su existencia a las manos del trabajador más antiguo del Jardín Botánico José Celestino Mutis. Retrato de un horticultor empírico, otrora aprendiz de Enrique Pérez Arbeláez –considerado el padre de la ecología en Colombia– y un sabio viverista. 

POR Julio Caycedo

Septiembre 22 2025
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A Miguel Quintero la jardinería se le nota. Sus manos están curtidas por el sol, el agua, el viento y el contacto con la tierra. Con la misma precisión con la que corta las ramas de los rosales para darles forma o hacer injertos, puede manipular semillas diminutas, que parecen granos de azúcar, como las del amarrabollos (Meriania nobilis). Mientras camino junto a él por el Jardín Botánico de Bogotá, el lugar donde Miguel ha trabajado los últimos cincuenta y seis años, soy partícipe de una experiencia que apela a los sentidos y que implica enterarme, por ejemplo, de que los frutos de la eugenia (E. myrtiflora), un arbusto que abunda en Bogotá, son comestibles y deliciosos, como también lo son los del pino romerón (Retrophyllum rospigliosii), una de las tres especies de pinos endémicas de Colombia, catalogada como “vulnerable” según la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

El “chino Miguel”, o “el herbolario”, como lo llamaba el sacerdote jesuita Enrique Pérez Arbeláez (Medellín, 1896-Bogotá, 1972), se convirtió en el primer viverista del Jardín y en pupilo de Pérez al fundarlo. Hoy, a sus 74 años, es la persona con mayor tiempo de servicio en esa institución, una singular entre los jardines botánicos del mundo, pues es de los pocos con responsabilidad directa en la arborización de la ciudad que lo acoge, un caso único en América Latina. Y han sido las manos de Miguel las que han aportado a ese proceso más que cualquiera, salvaguardando semillas y plántulas convertidas luego en árboles vigorosos que hoy son legítimos y a veces muy altos ciudadanos vegetales de Bogotá. Detrás del verdor urbano de la capital está un hombre de uniforme verde, camisa a cuadros y cuidado bigote blanco.

 

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El sábado 2 de marzo de 1968, Miguel Antonio Quintero, un joven de 16 años recién llegado a Bogotá desde su tierra natal, Güicán (Boyacá), ingresó por primera vez al Jardín Botánico José Celestino Mutis. Había cursado hasta quinto de primaria y estaba a punto de convertirse en aprendiz del padre Enrique Pérez Arbeláez, botánico y educador pionero que, desde mediados del siglo xx, promovió una visión ecológica de la naturaleza al vincular ciencia, conservación y cultura. Su legado sentó las bases de la conciencia ambiental en Colombia décadas antes de que se consolidara el discurso ecológico contemporáneo, y el chino Miguel fue beneficiario de primer orden de su saber.

–Tengo la satisfacción de que a todos los árboles sembrados aquí en el Jardín los he conocido desde que eran semillas –dice don Miguel hoy en día. Y agrega–: Seguimos saliendo a estudiar nuevas especies porque la flora y la botánica son infinitas; cualquier día podemos encontrar otras y traerlas para aumentar las colecciones del Jardín Botánico o ayudar a la conservación en nuestro país.

El banco de semillas del Jardín Botánico de Bogotá tiene 192 especies. Y aquí el tamaño no necesariamente importa. Si bien no compiten con los grandes bancos agrícolas nacionales (al menos en especies alimenticias), estas 192 especies gozan de una importante relevancia estratégica gracias a su ubicación. Así lo explicó el padre Pérez Arbeláez en una entrevista otorgada a la hjck en 1965, diez años después de fundado el Jardín: “El Jardín Botánico es uno de los más altos del mundo, quizá el de mayor altitud sobre el nivel del mar. Encerrará la flora andina, que es de una riqueza desconcertante, y al mismo tiempo deberá presentar las floras de los pisos inferiores en Colombia”.

Así pues, este repositorio de vida, como lo previó el padre, hoy es un actor esencial de la conservación de flora nativa altoandina, pero también, como agregaba él en ese entonces, “de todos los climas del país”. De cualquier manera, su importancia no queda encerrada allí, pues las labores del Jardín se extienden a la restauración ecológica y la arborización urbana. Su herbario, una suerte de museo de historia natural de plantas (imagine usted una biblioteca llena de ejemplares prensados), tiene información sobre más de siete mil especies. Es el principal repositorio botánico del arbolado urbano de Bogotá, con registros de especies introducidas, ornamentales y naturalizadas, muchas de las cuales don Miguel conoce como la palma de su mano.

 

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Cuando en 1955 se organizó en el sector de Bosque Popular, perteneciente a la localidad de Engativá, el espacio para alojar al Jardín Botánico de la capital, las veinte hectáreas en las que se estableció en aquel momento no eran el bosque urbano que conocemos hoy (el más biodiverso de Bogotá por metro cuadrado), sino un terreno cubierto de pasto kikuyo (Cenchrus clandestinus), donde prosperaban especies exóticas, como eucaliptos (Eucalyptus globulus), pinos (Pinus patula) y acacias (Acacia dealbata y A. melanoxylon). Había mucho trabajo por hacer.

El kikuyo persistió durante doce años más. Entonces, un policía de la Escuela de Carabineros se presentó ante el sacerdote y le pidió autorización para cortar y sacar el pasto del terreno con el propósito de alimentar a los caballos de la escuela. Pérez Arbeláez aceptó con la condición de que, a cambio, le enviaran el estiércol de los animales, útil como abono para los árboles que comenzaba a sembrar. Ese intercambio fue la excusa para que el carabinero le propusiera contratar a su hijo menor, Miguel, recién llegado a Bogotá.

–¿Y este chino sí será capaz de trabajar aquí? –preguntó el sacerdote cuando vio al niño. 

–Claro que sí, doctor –respondió–. Yo nací en el propio páramo, entre los frailejones; sé usar herramientas y cultivar papa, maíz, cebolla, trigo, fríjol y alverja. También sé tratar con cabras, ovejas, vacas y caballos. En mi familia somos gente de campo, gente de plantas.

Pérez Arbeláez llamó al administrador, José Parra, y le indicó que desde el lunes el chino Miguel comenzaría a trabajar en la zona donde se construían los invernaderos. Así se convirtió en la quinta persona vinculada al Jardín Botánico José Celestino Mutis, una institución que desde 2007 depende de la Secretaría Distrital de Ambiente de Bogotá y en la que hoy trabajan más de 800 personas. Su primera tarea fue desyerbar y limpiar el terreno con pica y azadón, preparando el suelo para la propagación de miles de plantas. La energía y naturalidad con que lo hizo le granjearon la confianza y el afecto del sacerdote: Miguel había demostrado ser, en efecto, gente de plantas. 

Pérez Arbeláez resolvió encargarse personalmente de Miguel y lo convirtió en depositario inmediato del vasto conocimiento sobre propagación y cultivo de especies colombianas que había acumulado hasta entonces.

–Él me enseñó a preparar las semillas de muchas especies para sembrarlas –dice Miguel–, a reconocer cuáles tienen mayor potencial de producir plántulas vigorosas y a preparar los sustratos con los componentes que cada una necesita.

Después, cuenta, comenzó a llevarlo a los viajes que hacía por el país y le enseñó a observar las plantas en su entorno natural, no como individuos aislados, sino como integrantes de un sistema vivo. Pérez Arbeláez sembró en el niño de páramo la semilla de la ecología. Y sí que germinó.

Durante más de medio siglo, don Miguel, o Miguelito, como lo llaman colegas y amigos, ha llegado al Jardín Botánico a las 6:45 a. m. para cuidar las plantas que ama y que ha visto crecer desde que eran retoños. Aunque hoy está jubilado y trabaja como contratista, nunca ha dejado de ir, ni siquiera cuando no tuvo contrato, como ocurrió durante la primera alcaldía de Antanas Mockus (1995-1997), en la que el Jardín estuvo cerrado durante un año. Tampoco se ausentó en la pandemia.

En un ecosistema como el de los jardines, las manos humanas son indispensables. Algunas especies pueden crecer sin control y sofocar a otras; algunas se marchitan en cuestión de días si nadie las riega. El equilibrio en los jardines depende del cuidado constante, porque su naturaleza, aunque verde y viva, no es silvestre, sino artificial. De ahí el legado de Miguel Quintero, mezcla de semillas y saberes, en medio de su vivero, donde ha pasado buena parte de su vida.

Un vivero, como el que ha cuidado Miguel, es un espacio en el que se cultivan y cuidan plantas jóvenes, árboles, arbustos y otras especies vegetales antes de ser trasplantadas a su lugar definitivo, y los viveristas se especializan en dichos procesos. Su labor incluye desde la germinación de semillas o reproducción por esquejes hasta el cuidado, adaptación y preparación de los ejemplares para su trasplante.

Reunir las condiciones para ser viverista es retador. Cada una de las miles de plantas que pueden cultivarse en estos entornos tiene su propio ritmo y necesita atenciones y cuidados distintos y particulares. El buen viverista debe aprender a leer el calendario secreto de cada semilla para anticipar la vida donde aún no se asoma. Debe entender cuándo necesita agua la tierra y cuándo el exceso puede ahogar la raíz más tenaz. Debe interpretar los momentos en que el sol es aliado y aquellos en que se convierte en verdugo. Ha de ser un observador paciente, constante y disciplinado, y tener la astucia de un guardián que defiende sin guerra, con el don de una caricia firme, capaz de trasplantar sin herir y podar sin matar. Y aunque la teoría no sobra a la hora de desarrollar estas habilidades, la experiencia es fundamental e irremplazable.

–La gente en el viverismo es muy generosa con el conocimiento, lo que no siempre es evidente en otras ramas de otras ciencias, o en otras labores –dice Mauricio Bernal, el biólogo que hoy está al frente del vivero iniciado por Miguel–. Aquí, en cambio, compartir es conservar, to share is to keep: nuestros objetivos están asociados a la conservación, que es un tema de vida o muerte. Entre menos uno comparte, más especies desaparecen.

Cierto. Algunas cosas ocurren tan lentamente en el reino vegetal que intercambiar información resulta fundamental para abonar el progreso individual de las plantas y de sus cuidadores. Tienen más probabilidades de éxito quienes eligen cooperar en lugar de competir. Por el bien de las plantas, y de la humanidad, cuando se trabaja con ellas es mejor cortar el egoísmo de raíz.

Como buen viverista entrenado en el valor de estos intercambios, don Miguel comparte con entrega el complejo lenguaje que ha aprendido de las plantas. Esa disposición se extiende a otros gestos y seres. Por ejemplo, ha tejido una fuerte familiaridad con las tinguas (Porphyrio martinica), esas aves acuáticas, principalmente migratorias, de plumaje azul verdoso que llegan a los humedales de la ciudad.

–Les traigo comida todas las semanas –dice–, y cuando me ven, me reconocen y se acercan, igual que algunos colibríes, que me tienen ya tanta confianza que se me posan en las manos cuando riego los abutilones.

 

Ojos que no ven, corazón que no siente

 

El reino Plantae es la base de la vida terrestre: produce el oxígeno que respiramos, regula el clima, alimenta a todos los seres vivos, sustenta la biodiversidad y es clave en las culturas humanas desde la antigüedad. Existen entre 350 y 390 mil especies que representan aproximadamente el 80 % de la biomasa del planeta, mucho más de lo que aportamos humanos y animales juntos. El 25 % de los medicamentos modernos se derivan directa o indirectamente de las plantas, el 70 % de la alimentación humana depende de solo doce especies y, sin embargo, muchas personas las dan por descontado. Son, literalmente, incapaces de notarlas.

A este comportamiento se le conoce como “ceguera verde” o “ceguera vegetal”, un concepto desarrollado por los botánicos James Wandersee y Elisabeth Schussler en un artículo publicado en 1999 en The American Biology Teacher. Aunque el término se acuñó en el contexto de la educación ambiental en Estados Unidos, hoy se usa globalmente: describe la “incapacidad para ver o notar las plantas en el propio entorno, lo que lleva a una falta de reconocimiento de su importancia en la biosfera y en los asuntos humanos”.

Y no se trata solo de no verlas físicamente, sino de no reconocer el papel crucial que han desempeñado en nuestra vida, tanto en el presente como a lo largo de la historia. Esta indiferencia lleva a subestimar su importancia en la producción de oxígeno, la regulación del clima, la alimentación, la medicina y la conservación de la biodiversidad. La ceguera verde limita nuestra comprensión integral de la naturaleza y obstaculiza la percepción del mundo natural. Las plantas tienden a convertirse en un fondo visual, el escenario silencioso y estático donde se desarrollan las acciones protagonizadas por animales o humanos. La urbanización, la falta de educación sobre la biodiversidad vegetal y la cultura visual centrada en los animales favorecen este fenómeno.

Colombia es un ejemplo de aquello. De hecho, varias investigaciones y estudios realizados en los últimos años dan cuenta de la dimensión de la ceguera verde en el país. En la Encuesta Nacional de Biodiversidad y Cambio Climático 2024 de WWF Colombia, aplicada a 1.703 personas, solo el 1 % de los encuestados asoció la palabra “biodiversidad” con la “variedad de formas de plantas”, mientras que el 28 % la relacionó con los animales. Por su parte, un artículo publicado recientemente en El País de Cali informa que el 47 % de las plantas de valor cultural en Colombia carece de estatus de protección reconocido por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Además, solo el 6,6 % del financiamiento global para conservación se destina a plantas, frente a un 83 % dirigido a vertebrados. Todo esto a pesar de que Colombia es el segundo país más biodiverso del mundo en plantas, con más de 26 mil especies registradas, de las cuales siete mil son endémicas, según el Instituto Humboldt.

En un sondeo realizado por la Universidad de Antioquia en 2018, el 75 % de los estudiantes fue incapaz de mencionar más de tres especies de árboles nativos de su región. Y según la encuesta de percepción ciudadana sobre el arbolado urbano de Bogotá realizada por el Instituto Distrital de Recreación y Deporte en 2020, a pesar de que la palma de cera (Ceroxylum quinduiense) es un símbolo nacional desde 1985, solo dos de cada diez personas pueden reconocer un ejemplar en los parques o espacios públicos de la ciudad. Todo esto ocurre a pesar de que las plantas están casi que en todas partes: crecen en las grietas del pavimento, desarrollan sorprendentes estrategias para florecer, reproducirse y ocupar cualquier espacio disponible. Sin embargo, con frecuencia somos incapaces de notar que están ahí. Estamos hablando de colosos, ¡¿cómo no verlas cuando llegan a medir hasta 40 metros?! Tal es la severidad de la ceguera vegetal, pero no en los ojos de Miguel.

La primera excursión de muchas a la que Pérez Arbeláez llevó al chino Miguel fue justamente a buscar semillas de estas palmas gigantescas.

–Yo solamente conocía Güicán, mi tierra, y Bogotá; y fue gracias al padre que comencé a descubrir el país –cuenta Miguel–. En las excursiones íbamos en una camioneta que él tenía. Se sentaba adelante con Emiliano, el conductor, y le decía: “Vamos a andar despacio, no vamos a correr”. Atrás nos sentábamos doña Teresita y yo. Ella anotaba todo lo que el padre le indicaba y yo recogía las semillas y muestras botánicas que me pidiera.

Doña Teresita era Teresa Arango Bueno, secretaria y mano derecha de Pérez Arbeláez durante muchos años, y quien asumió la dirección del Jardín de 1975 a 1990. Nada menos. En esos viajes, ambos pasajeros, Miguel y Teresa, quedaron vacunados contra la ceguera vegetal, depositarios privilegiados del saber del padre.

Según el Sistema de Información para la Gestión del Arbolado Urbano de Bogotá (SIGAU), en la ciudad hay al menos 6.100 palmas de cera, muchas de ellas ejemplares adultos. Si una parte importante de los bogotanos que comparten con ellas el espacio no las ven –a pesar de que son tan altas como un edificio de trece pisos–, con más veras pasan desapercibidas las especies de baja estatura que en su mayoría crecen en Bosa y Kennedy –zonas menos húmedas con plantas propias de ambientes secos–, o las de la localidad de Sumapaz –donde está el páramo más grande del mundo, habitado por arbustos, árboles bajos y frailejones–, esencialmente invisibles para muchos.

Hoy, quienes visitan el Jardín Botánico y reconocen esta palma única en el mundo –es la que crece a mayor altitud sobre el nivel mar– pueden observar pequeños retoños en distintos sectores. Estos han germinado ahí gracias a la dispersión de semillas operada por las mirlas (Turdus fuscater), esas aves negras de pico y patas naranja tan impopulares en Bogotá. Los ejemplares maduros provienen de semillas recolectadas hace más de cincuenta años por Miguelito y el padre Pérez Arbeláez en la zona de La Línea, que conecta los departamentos de Quindío y Tolima, entre los municipios de Calarcá y Cajamarca.

 

Cuidar el jardín para cultivarse a sí mismo

 

Probablemente Miguel Quintero no solo identifica todas las especies de árboles que crecen en el Jardín Botánico de Bogotá y en las veinte localidades de la ciudad, sino que además conoce sus nombres científicos y comunes. Sabe, con una precisión que solo se obtiene con décadas de observación, cuándo florece cada especie, cómo son sus frutos y en qué momento del año pueden colectarse las semillas para seguir propagándolas.

Desde 2023, las especies vegetales que se siembran en Bogotá ya no se cultivan en el Jardín Botánico. Ahora esto ocurre en los viveros del Parque La Florida –en el límite occidental de la localidad de Engativá– y en el bosque Las Mercedes, ubicado en la reserva Thomas van der Hammen. No obstante, Miguel fue responsable de formar en el Jardín a decenas de horticultores que aprendieron junto a él los secretos que no están consignados en los libros.

–Miguelito es como un árbol –dice Sonia Amézquita, una licenciada en biología que lleva más de quince años vinculada al Jardín–, siempre tiene algo para darles a quienes lo rodean.

–Él es una institución, todo el mundo lo quiere –dice Andrés Meneses, biólogo de la subdirección educativa que lo conoce hace trece años–. Alguna vez estuvimos juntos en Villa de Leyva en la Feria del Árbol y todo el mundo quería hablar con él. Para nadie es un secreto que su experiencia es invaluable a la hora de preguntarse dónde prospera esta o aquella planta y cuáles son sus necesidades específicas. Es uno de los principales horticultores que tiene el Jardín; ha desarrollado técnicas propias para propagar un montón de material vegetal y no tiene reparos a la hora de transmitirlas.

Para ver con mis propios ojos lo que he escuchado de otros, lo visité una mañana de julio de este año. Hace un rato me enseñó que los frutos de la eugenia y del pino romerón son comestibles, y ahora noto que en el suelo, entre la hojarasca, don Miguel puede ver a varios metros de distancia las semillas que los árboles han dejado caer e intuye cuáles tienen potencial para germinar, pues recoge algunas y descarta otras. En nuestro paseo me dice que los aromas de las flores de especies como el hojarasco (Magnolia caricifragans) llegan a perfumar hasta cuarenta metros a la redonda, y yo veo cómo el dato hace brotar su memoria:

–Cuando encontramos esta especie, nos sorprendió la fragancia de sus flores –cuenta–. Pasaron casi tres años hasta que vimos el primer fruto [parecido a una pequeña piña], pero cuando volvimos a buscar las semillas, no había nada: ¡son muy dulces y les encantan a las ardillas! Como las semillas verdes no tienen embrión, comenzamos a ponerles mallitas a los frutos que podíamos agarrar cuando nos encaramábamos a los hojarascos, y así logramos protegerlos. Al final conseguimos unas veinte semillitas que trajimos al Jardín y con ellas propagamos la especie.

Cierto. Cuando pasamos junto a uno de sus ejemplares veo cubiertos los frutos con bolsas de seda, donde atrapan las semillas cuando han madurado –es decir, ya tienen su embrión y son liberadas por el fruto–. Así los protegen también de la avidez de las mirlas. Los que custodian en el Jardín son árboles verdaderamente amenazados.

Después de China, Colombia es el segundo país en el mundo con mayor diversidad de magnolias. Se han registrado cuarenta especies, de las cuales treinta y cuatro son endémicas, muchas amenazadas. En Cundinamarca hay solo dos, ambas en peligro, cuyos escasos ejemplares crecen aislados en potreros sin posibilidad de regeneración natural. Hoy, en el Jardín, crece solo un par de ejemplares cultivados a partir de semillas recolectadas hace cuarenta años en uno de los últimos relictos de bosque andino del departamento.

El proyecto de propagación de esta especie comenzó cuando apenas quedaban unos cincuenta individuos en todo el país, distribuidos en una franja entre Cundinamarca, Boyacá y Santander.

–Miguelito y el profesor Francisco Sánchez, otro de los sabios con los que creció el Jardín, comenzaron a conseguir semillas en colaboración con la gente de la región. Sin saberlo, hicieron un bien enorme: ayudaron a que la especie no desapareciera de la faz de la Tierra –dice Sonia Amézquita–. Además, reproducirlas no es tan simple como realizar polinizaciones manuales con un pincel: hay que saber cuándo hacerlo. Esta especie tiene la peculiaridad de que la misma flor un día es hembra y al siguiente macho; el polen debe recolectarse un día y la polinización debe hacerse al siguiente.

Una vez polinizadas, las flores tardan entre ocho y diez meses en producir frutos rojos, que se recogen, se despulpan y se siembran. Después necesitan otros cuatro meses para germinar. Es un trabajo lento, delicado y de infinita paciencia y observación.

En el fondo, la jardinería reúne, de manera natural, los tres componentes de toda práctica contemplativa: disipa las distracciones, aquieta los pensamientos dispersos y concentra la atención plena en el presente. Regar, sembrar, trasplantar y limpiar son actos repetitivos que se transforman en rituales. Así como la respiración calma la mente, los gestos rítmicos que se realizan en el jardín sintonizan el cuerpo y la conciencia con el flujo del tiempo natural. El contacto físico con la tierra enraíza el cuerpo, reduce la ansiedad y propicia estados de serenidad.

 La naturaleza misma y sus ciclos inducen la contemplación como una forma de meditación en movimiento. El ritmo de las plantas enseña que todo crecimiento es gradual, que cada momento tiene su propia belleza y propósito. Las plantas no tienen prisa, pero tampoco se detienen. En su naturaleza no hay atajos para florecer, ni se adelanta arbitrariamente la maduración del fruto. Las plantas respetan sus épocas para la expansión y para el recogimiento. Incluso en aparente quietud algo sucede: aunque pierdan todas las hojas, sus raíces siguen extendiéndose bajo tierra.

Al caminar con Miguel pienso que para cultivarse a uno mismo –en el cuerpo, la mente o el espíritu– hay que seguir los mismos principios. No basta con desear el cambio o la mejora: es necesario acompañar el proceso con constancia, atención y cuidado. Como quien riega cada día una planta pequeña, sin esperar a que se convierta en árbol de la noche a la mañana.

 

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A comienzos del siglo XX las actividades humanas habían arrasado casi por completo la cobertura vegetal de los cerros de Bogotá. Para reverdecerlos, a partir de la década de 1940 se sostuvieron –con buena voluntad pero escasa reflexión ecológica– extensas plantaciones de árboles exóticos como eucaliptos, pinos y acacias. Al crecer y cubrir de verde las laderas rocosas, los entusiastas sembradores advirtieron que estas especies no resultaban atractivas para aves, abejas y mariposas propias de los bosques altoandinos que prosperaban mucho antes de la llegada de los españoles. Sin quererlo, habían sembrado un desierto verde.

Hacia finales del mismo siglo la sensibilidad ambiental creció y se comprendió la importancia de sembrar especies nativas que ofrecieran servicios ecosistémicos más allá de su valor ornamental. La Ley 299 de 1996 otorgó a los jardines botánicos del país la responsabilidad de intervenir en las decisiones sobre arborización urbana. En Bogotá, el Jardín Botánico José Celestino Mutis no solo asumió ese rol, sino que pasó a liderar los procesos relacionados con la cobertura vegetal de la ciudad. Desde 1998, año en que tomó oficialmente esa tarea, ha sembrado más de 650 mil árboles en el espacio público. Hoy en Bogotá es posible ver crecer árboles nativos, algunos de ellos amenazados, como robles (Quercus humboldtii), cedros (Cedrela montana) –una de las especies más emblemáticas y longevas de la ciudad– y nogales (Juglans neotropica) –considerados sagrados por los muiscas y declarados árbol insigne de Bogotá en 2002–. Estos conviven con especies introducidas, como el liquidámbar (Liquidambar styraciflua), originario de América del Norte, conocido por su rápido crecimiento y resistencia a la contaminación. Esta especie ha sido sembrada en largas alineaciones urbanas, como en la calle 80, desde la Caracas hasta el puente de guadua sobre el río Bogotá.

–Esa avenida podría tener mi nombre –dice don Miguel–; yo mismo sembré muchos de esos arbolitos.

La arborización de Bogotá está compuesta por más de 350 especies entre nativas y exóticas. Aunque el Jardín Botánico tiene la responsabilidad de proteger la biodiversidad y fomentar las especies autóctonas, también debe atender las necesidades específicas de la ciudad. Por ejemplo, en Ciudad Bolívar, en la última estación del TransMiCable, crecen cuatro imponentes robles australianos que, aunque exóticos, son de las pocas especies de gran tamaño capaces de adaptarse al ecosistema de transición hacia el bosque seco que caracteriza esa zona.

–La arborización de la ciudad no es arbitraria: responde a las necesidades diferenciadas de cada sector. Y aunque a veces creamos que solo deberíamos sembrar especies nativas, no es posible hacerlo en toda Bogotá –explica Germán Darío Álvarez, subdirector técnico del Jardín Botánico. Incluso las especies exóticas ofrecen servicios ecosistémicos valiosos: un ave rapaz, como las que pueden verse sobrevolar el parque de Ciudad Montes, en la localidad de Puente Aranda, necesita árboles altos desde los cuales acechar a sus presas, sin importar si son nativos o no.

Aunque parezca difícil de creer, durante cinco años consecutivos Bogotá ha sido nombrada como Tree City of the World por la fao y la Arbor Day Foundation. Ese título, que comparte con 210 ciudades en el mundo y cuarenta en América Latina, no se obtiene solo por sembrar árboles, sino por implementar una política pública que garantice su sostenibilidad y crecimiento. Germán Darío Álvarez explica que Bogotá dispone de un marco legal normativo, además de una serie de lineamientos técnicos, que orientan la gestión del arbolado urbano. A eso se suma que entre 2004 y 2007 se realizó el primer censo del arbolado en el espacio público de la capital; así se registraron cuarenta y tres variables de cada uno de los 1’145.119 árboles censados. Esta información ha sido clave para analizar procesos como la captura de carbono, la conectividad ecológica y el estado sanitario del arbolado. Hoy está disponible a través de Arbolapp Bogotá, una aplicación que permite identificar, proteger y cuidar los árboles urbanos, además de facilitar la participación ciudadana en su conservación.

Hace más de medio siglo que Miguel Quintero ha participado y ha visto desplegarse estos procesos de la arborización en la capital de Colombia. Bajo su cuidado paciente, miles de árboles han echado raíces. Su conocimiento no proviene de los libros, sino de la observación minuciosa y del trabajo continuo con la tierra, el agua, las semillas. Ha aprendido a leer el ritmo secreto de cada planta, y ese mismo ritmo –lento, firme, generoso– se ha vuelto también el suyo.

En una ciudad que a menudo olvida lo que pisa y desatiende lo que respira, el trabajo de don Miguel –y de tantos horticultores silenciosos– devuelve la mirada a lo esencial. Sembrar árboles es sembrar sombra, es sembrar tiempo. Es sembrar un futuro que quizá no veremos.

–Don Miguel –le digo–, si usted fuera un árbol, ¿qué especie le gustaría ser?

–¡Un roble! –responde sin dudar–. Derechito, frondoso y duradero. 

Estamos junto a uno. Bajo el sol, su sombra y la del árbol se vuelven una sola. 

ACERCA DEL AUTOR


Profesional en estudios literarios de la Pontificia Universidad Javeriana y especialista en periodismo de la Universidad de los Andes. Ha trabajado como coordinador de comunicaciones y jefe de prensa para diferentes instituciones públicas y privadas. Es jardinero y creador de findelacerca, proyecto de jardinería interior y práctica de qigong.